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Vol. 31, N�m. 4 � Julio - Agosto 2003 EditorialMedicina Cutánea: Recuerdos de ayer, realidades de hoyEl nuevo Director de Medicina Cutánea Ibero Latino Americana, profesor Juan Ferrando, me ha pedido un Editorial para la revista en el que recoja mis recuerdos iniciales y las líneas generales de la etapa que viví en la misma. Lo hago con gran placer, esperando únicamente que mi memoria no me haga omitir, confundir o tergiversar involuntariamente algún detalle. En una historia que empezó hace más de treinta y siete años siempre es posible alguna imprecisión inconsciente, ya que las reminiscencias siempre toman el color del cristal a través del que las revive, aquel que las evoca. Corría el año 1966 y estaba yo a la sazón todavía radicado en Francia, ocupado con los preparativos del concurso-oposición al que, varios dermatólogos catalanes y algunos de otras zonas de España, pensábamos concurrir para la sede vacante de la Cátedra del recientemente desaparecido Profesor Xavier Vilanova. Para mí, que iba a competir sin contar a priori entre los probables ganadores, era la ocasión de hacerme valer en el país del que había marchado ocho años antes. Y, nunca se sabe, tal vez la circunstancia de reintegrarme a mi Patria y a mi Escuela. Fue entonces, no recuerdo donde, si bien creo que fue en Paris, que me encontré un día con Francisco Kerdel Vegas, a quien ya conocía y era uno de los más brillantes dermatólogos contemporáneos. En una larga charla me explicó cómo un pequeño grupo de prestigiosos dermatólogos de lengua española y portuguesa había decidido fundar y promover una nueva revista de nuestra especialidad que publicara los mejores trabajos de nuestros países y los difundiera en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos, Canadá y los países latinos de Europa: Francia e Italia. Los fundadores de esta nueva publicación, que iba a llamarse Medicina Cutánea eran los Profesores Orlando Cañizares, José Gay Prieto, Antar Padilla Gonçalves, Augusto Salazar Leite y el propio Francisco Kerdel Vegas. La revista iba a ser impresa en Barcelona por la Editorial Científico Médica, cuyo director ejecutivo era el doctor Enrique Sierra Ruiz y el Director de la revista iba a ser el profesor Joaquín Piñol Aguadé. Recuerdo que, en aquella larga conversación, me dijo que sería importante que desde Francia apoyase la iniciativa y que de alguna forma me integrase y participase en el proyecto. Poco después, en uno de mis viajes a Barcelona,
el propio Piñol me confirmó aquella primicia y me dijo que
contaba con que colaborase con la nueva revista y procurase hacerla conocer
y penetrar en Francia. Un año más tarde, al término de uno de los concursos a cátedra más disputados que se recordaban, Piñol obtenía justamente la sucesión de Vilanova y yo había conseguido destacar cumpliendo mi objetivo inicial. Ese mismo día me invitó a regresar a España e integrarme en el que iba a ser su equipo. El ofrecimiento incluía la plaza de Profesor Adjunto y la secretaría de redacción de Medicina Cutánea, que empecé a desempeñar a poco de mi incorporación en julio de 1967. El empuje de Piñol fue decisivo tanto en la Medicina Cutánea inicial como en su segunda época, a partir de 1973, cuando pasó a denominarse Medicina Cutánea Ibero-Latino-Americana al fusionarse con la antigua Dermatología Ibero-Latino-Americana. No solamente solicitaba y conseguía trabajos de los diversos países de lengua española y portuguesa sino que habituó a los miembros de su equipo a que lo mejor de nuestras publicaciones fuese para Med Cutan Iber Lat Am. A veces, falto de material para un número, había que terminar las últimas correcciones de un manuscrito en vías de redacción para poder incorporarlo. Los resúmenes en inglés de los trabajos que llegaban por correo, y luego durante una serie de años en francés, los hacíamos también nosotros en muchos casos. Y, tras una primera época en que las galeradas y pruebas las corregíamos él y yo, pasaron a ser verificadas por los miembros del equipo (Mario Lecha, Antonio Castells Rodellas, Francisco Grimalt, Carlos Romaguera, Catherine Galy, Jordi Peyrí, Teresa Castel, Carmen Herrero, Juan Ferrando, Teresa Estrach, Carlos Ferrándiz,... y estoy seguro que omito a varios), siempre dispuestos a dar parte de su tiempo para lo que el maestro pedía y hacía comprender que era importante. Por aquel tiempo cada número, además de la sección de originales en papel blanco brillante, comprendía una parte de páginas en papel rugoso color arena, con editoriales, cartas al editor, monografías publicadas por capítulos (como la de Fotobiología, del propio Piñol y equipo), y resúmenes en español de los mejores artículos publicados en la literatura de otros idiomas. Recuerdo la activa participación en esta sección de relevantes dermatólogos americanos (Orlando Cañizares, Francisco Kerdel, Jacinto Convit, Alberto Woscoff, Sigfrid Müller, Luis Alfredo Rueda), españoles (Ángel Simón, Mario Lecha, Francisco Álvarez Cascos, José M� de Moragas) y de otros países europeos (J. Trapl de Praga). En aquellos años, y en un tiempo de crisis económica, el intento de financiación de la revista por parte de una única entidad farmacéutica (cosa a lo que Piñol, con clara visión de lo que podía suceder, se había opuesto siempre) estuvo a punto de terminar con aquella cuando la firma no pudo seguir con su apoyo. Pero Piñol consiguió entonces que cuatro entidades contribuyeran a partes alícuotas, lo cual permitió salvar la continuidad y disminuir el riesgo. A pesar de trasladarme a vivir a Valencia cuando obtuve la cátedra de aquella Universidad, desde 1972 a 1977, continué como Secretario de Redacción de la revista. En Marzo de 1977 durante la Reunión Nacional Anual de la Sociedad Francesa de Dermatología me reuní con mi maestro Piñol como era habitual cuando coincidíamos fuera. Me pareció que tenía un ánimo distinto al habitual, no mostraba el entusiasmo y la energía que le eran propios. Pensé que pasaba por algún tipo de problema y, extrañado, traté de animarle pues esto era totalmente anómalo para su carácter. Dos días más tarde su esposa, Lourdes, me telefoneaba a Valencia para decirme que los médicos le acababan de descubrir un cáncer de pulmón. Quedé anonadado. Media hora después me llamaba el propio Piñol “Mascaró, tengo que darle malas noticias”. “Lo se –respondí – Lourdes acaba de comunicármelo”. Al otro lado de la línea oí su risa. “¡Esas mujeres… !. ¡Ni siquiera me deja que sea yo el primero en contárselo a mi sucesor..!” Tras ello siguieron meses de angustia y tristeza. Fui varias veces a visitarlo y cada vez me daba consejos para llevar el servicio y, también, Medicina Cutánea. Palabras de afecto y apoyo. El más valeroso era él. El 15 de agosto me comuniqué con él por última vez por teléfono. Apenas tenía fuerzas para hablar pero quiso hacerlo. Dijo “Mascaró, no olvide la Cutánea, es muy importante..”. Dos días después fallecía. Con él perdimos todos un maestro y un amigo excepcional. Para mí había sido como un hermano mayor de toda generosidad. Desde su muerte sentí Medicina Cutánea ILA como un legado de servico que asumí por deseo del Maestro y con la confianza de los directivos y miembros del Colegio Ibero Latino Americano de Dermatología. Los sucesivos Presidentes, Rubem Azulay, Jorge Abulafia, Sebastiao Sampaio, Enrique Hernández Pérez, me apoyaron en la tarea no siempre fácil de sacar la revista adelante de los distintos problemas que fueron surgiendo. Problemas económicos: un año, por falta de financiación, tuvimos por tres veces que unir dos números en uno; pero con el único aporte de las cuotas de los miembros españoles y buscando anunciantes en España (ya que en aquel momento no se podían obtener en Latinoamérica) conseguimos equilibrar el presupuesto. Problemas de tipo administrativo: por la reglamentación vigente los anunciantes no podían incluir en sus encartes más nombres que los registrados en España, pero los medicamentos tenían denominaciones diferentes en los diversos paises; lo solucionamos con una cubierta distinta para los que se distribuían en América y los que se mandaban en España. Problemas de registro de nombre: el de Medicina Cutánea pertenecía a la Editorial Científico Médica, pero el CILAD no podía comprarlo en España puesto que era una sociedad radicada en Portugal; tuve que comprarlo a nombre propio, redactando un contrato con la presidencia del CILAD en el que me comprometía a cederlo sin contrapartida a quien designase el Colegio cuando y cómo fuera solicitado por éste. Problemas en redactar un reglamento de la Dirección de la Revista para disponer de capacidad decisoria en lo relacionado con la edición (¡cuantas cordiales discusiones epistolares de forma y de fondo con el gran amigo y entonces presidente Abulafia, entre los términos autonomía, autarquía, autogestión, hasta hallar la fórmula que consagraba – como con la dirección de las revistas de otras sociedades - tanto este punto como que la Asamblea de los Miembros debía refrendar el nombramiento del Director puesto que, para las decisiones que a veces había que tomar, el respaldo de la base era una condición indispensable). Problemas de escasez de artículos, porque había prolíficos autores del CILAD que nunca mandaban manuscritos a Medicina Cutánea y países con gran tradición que brillaban por su ausencia en la lista de contribuyentes científicos. Problemas de distribución, por los cambios no anunciados de dirección de los miembros, por el mal funcionamiento de los servicios de correos y, también, por fallos de la propia editorial que hubieron de ser subsanados. Durante todo este tiempo el equipo de siempre más los nuevos llegados (el profesor Francisco Camacho, quien conjuntamente con Mario Lecha pasó a ser Director Adjunto, los doctores Pilar Iranzo, Helena Torras, Mercé Alsina, Encarna Martín-Ortega, Josep Palou, Lluis Puig, Ramón Pujol, Luis García e Silva y Augusto Meier da Silva, estos dos últimos de Portugal) siguieron trabajando calladamente revisando manuscritos, verificando pruebas y colaborando con tenacidad. Y no puedo olvidar a quien trabajó desde el inicio con el profesor Piñol y, después, siempre conmigo, escribiendo a los autores, lectores y revisores, archivando, contestando, confeccionando y llevando números, cuentas y controles: Carmen Marcos, en la sombra pero viviendo intensamente Medicina Cutánea. Fueron 18 años (de 1977 a 1995) magníficos. Con problemas, con dificultades, con disgustos, a veces con desilusiones, pero siempre sobremontándolas y con la satisfacción de ver cómo Medicina Cutánea ILA, con cambios de formato, de secciones y otras, iba siguiendo el camino para el que se creó, en el que Piñol creyó y nos enseñó a seguir. Hasta cuatro veces (Medellín 1979, Río de Janeiro 1983, Madrid 1987, Guadalajara 1991) acudí a rendir cuentas a la Asamblea General con entusiasmo y ganas de seguir adelante y otras tantas se me otorgó de nuevo confianza. A lo largo de su mandato, Enrique Hernández Pérez me hizo ver, con razón, que no debía perpetuarme en el puesto. Que era bueno que surgiese ya el relevo. Reconozco que inicialmente no compartí su idea; desde el fallecimiento de Piñol Medicina Cutánea había sido parte de mi vida. Pero, meditándolo, comprendí que tenía razón. Nadie es eterno ni debe ir más allá de un límite. Yo había cumplido con lo que mi maestro me pidió y era hora de pasar el timón a otro. En la Asamblea de Puerto Rico en 1995 confirmé que no seguiría ni deseaba ocupar ningún otro cargo en el CILAD ya que cerraba el ciclo de lo que se me había encomendado. Diez años como Secretario de Redacción y dieciocho como Director eran cumplidamente lo que el maestro pedía. El tiempo nos dio, a Enrique Hernández Pérez y a mí, la razón. Mario Lecha primero y ahora Juan Ferrando han continuado muy acertadamente el camino. Larga vida a Medicina Cutánea Ibero Latino Americana. Espero que los jóvenes de los países de lengua española y portuguesa, muy pendientes con razón de los factores de impacto y difusión, comprendan lo que une un idioma, una cultura, una escuela y den una pequeña parte de su esfuerzo a una Revista que es y debe seguir siendo nuestra y para todos. En su formato de papel y en su modalidad electrónica. Colegio es unión. Unión es fuerza. Que lo que quienes creyeron en el CILAD supieron hacer y se ha mantenido hasta el presente, sea cuidado por los que son nuestro futuro. El futuro nace del presente y del pasado. Pero las ramas florecen mejor cuando el tronco es fuerte y las raíces viven. CILAD y Medicina Cutánea Ibero-Latino-Americana, ahora con nuevos mandos y otros retos. ¡Adelante en el tercer milenio! José M� Mascaró |
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